dimecres, 28 de desembre de 2016

Otra ronda, por favor.


Odio tener la copa vacía.

De los fugaces momentos que un reloj perezoso nos despierta ante un nuevo día, los momentos simples como un cafe inesperado, una pizca de música de amarillo y la huella imborrable de nuestras pisadas sobre la piedra que danza por mi cabeza hacen que por un momento crea en la inmortalidad del tiempo. El recuerdo de las hojas otoñales regresa lleno de antiguos perfumes y sensaciones, los senderos del tiempo se abren en mi mente recordandome vidas imposibles con la fugacidad de un escalofrío tras otro. Como si la serpiente que se muerde la cola devorara mis entrañas con cada respiración, el tiempo se repite como un eco en mi mente en el que sólo puedo ver el azul del mar perdido en un horizonte donde el viento peina la cabellera antigua de las olas.

Por un momento sé que soy eterno, mi cuerpo se olvida de la muerte, mi mente se libera de sus límites y mi corazon duerme todos mis deseos. La melancolía siempre ha sido una bebida dura y que pasa factura si se toma a destiempo... Pero existen venenos del alma que nos muestran en la grandeza de su vórtice los diamantes más brillantes de nuestro ilimitado universo, existen maneras de acariciar los besos de la Parca mientras se tiene entre los brazos a la Vida misma... Y aunque pase factura, yo seguiré pidiendo rondas de esa pócima incomprensible. Dame más y mucho más cargado.

Otra ronda, por favor.






dijous, 15 de desembre de 2016

El último ocaso

 
Siento el frío de la tierra como se ha calado en mis huesos, pero ya no importa. Siento el viento frío portando mensajes antiguos, pero eso tampoco importa. La luz pierde poco a poco su territorio, se aleja como si tuviese miedo de la oscuridad que la abraza. Un atardecer perezoso se deja caer entre nubes de humo y ceniza, para teñir con las últimas alegrías los pedacitos grises que invaden todo cuanto alcanza mi vista. El olor a flores marchitas acompaña con su agridulce presencia. Llegó el último ocaso.
Pedimos al dios del tiempo que aquello no fuese real, un juego caprichoso de niños perdidos en un mundo de adultos. Pero eso no funcionó. Estamos perdidos en este atardecer que marcará nuestras miradas y dejará cicatrices que no podremos olvidar, y nadie va a tener piedad de nosotros. Nadie vendrá a salvarnos, nadie vendrá tendernos una mano. El azul se apaga en una mueca de sufrimiento, y el rosado invade la batalla celeste de la mano de algunas estrellas. Yo en ese momento, no puedo evitar sonreír.

En ese rincón del mundo nuestra mente hizo la última colada. Hemos desperezado las ansias de vida a destiempo y ahora están temerosas y quejicosas. El miedo ha decidido unirse a la fiesta, no se pierde ni una últimamente. Y entre llantos y risas nos despedimos de todo aquello que un día creímos cierto, sabiendo que una larga noche está próxima… Menos mal que hemos aprendido a robarle las estelas al Destino.

Llegará la noche tras nuestro último ocaso. Ya no acurrucaremos los secretos nunca más, se volverán gritos desgarrados en el tejido del tiempo que sólo el viento y la piedra decidirán si merece la pena conservar. El frío traerá a los muertos con sus recuerdos, danzarán junto a los monstruos que más tememos… Y una vez en la oscuridad más plena veremos la tenue luz de un diminuto diamante. Y eso será suficiente para volver a la vida.

Y llegará un día en el que nuestro último ocaso encuentre su noche con final. Amanecerá una primavera dispuesta a recibir el tránsito de nuestra vida, recordándonos que la vida no es sólo dolor o placer, es mucho más que eso y empieza siempre en nosotros mismos Sólo hace falta el más pequeño de los fuegos para que un incendio arrase todo un bosque, y nuestro bosque está en llamas desde sus cimientos. Pero que arda el mundo y aquellos que campan por él, porque ya no temo al último ocaso. Porque en mi noche he visto mi diamante. Porque hay vida después del miedo.

Así que, aquí estamos, tú y yo y un atardecer inesperado. Prepárate para la noche, no tengas miedo. Que el resto, será volver a soñar.



dimecres, 7 de desembre de 2016

Dragones y montañas


Ojalá pudiese describírtelo. Ojalá por un instante pudieses ver lo que yo he visto. No todos los días se contempla una maravilla como esa y se vive para contarlo. Vivimos en un mundo en el que ya nadie cree de verdad en las maravillas, pero yo soy testigo que aún queda esperanza en algunos fragmentos que como tesoros se nos pueden cruzar en el camino.

Existen casualidades que son causas. Existen momentos fugaces que son pedacitos de eternidad. Lo que yo vi fue algo que ocurrió entre los tiempos, un cruce de caminos que picó a mi puerta para indicarme la dirección hacia la incertidumbre. Lo que vi fue la negrura, la oscuridad más directa y sincera. Y esa oscuridad se mecía en un mar en calma donde una pequeña isla me recordaba que debía poner los pies en la tierra.

Simplemente, no todos los días se pueden ver a los dragones amando las montañas entre las nubes. No todos los días la sinceridad se convierte en un consuelo; no todos los días salgo a pasear con mis demonios por bandera. 

Hay momentos de silencio que traen en el vacío toda la gloria que dragones y titanes puedan tener. Esos vacíos son un delta que une el verde de los juncos con el azul de las mareas en un equilibrio perfecto. Y no existe ecosistema más delicado y que precise de más amor.

Por todo ello, brindo por las nuevas estaciones que puedan venir con todos los soles y sus lunas. Ojalá en todas ellas pueda encontrar lo que encontré en ese mar entre las hojas del otoño.