dijous, 26 de maig de 2016

Pobre pajarillo

 
Quiere un pájaro escurridizo
de rojo oscuro cobrizo
anidar en todos los jardines
donde encontró cobijo. 
Pobre iluso,
jovenzuelo atrevido,
la vida le persigue
como corren los ríos.
Ausente de problema,
ríe el pajarillo,
no temás, pobrecillo.
Ya lo sabrá, ya verá,
que quien tuvo, retuvo,
y quien ha dado, recibirá. 
Correrá y buscará,
pero lo más atrevido,
es haber vivido.
El ave escurridiza,
cada vez más roja y maciza,
pesada, cobriza,
anidó en un nido de gorriones,
una urraca, dos cuervos,
y fieros leones.
Se encontró con el río,
bañándose en sus aguas,
chapoteando 
como un chiquillo,
tornando el negro en blanco,
y el blanco en amarillo.
 Y con la altura del trigo,
pues los cielos quedan altos,
no vemos el camino,
pero lo volamos convencidos,
por las estrellas del camino,
como el pobre pajarillo. 

Y otro año, vuelta a empezar.

diumenge, 8 de maig de 2016

La Serpiente y la Calavera


Érase una Serpiente,
que descendía por una calavera,
todo su cuerpo enrollado,
toda su piel era nueva.
Ese muerto ha sido enviado,
por alguna razón misteriosa,
no comprendo, ¿acaso importa?
Los colores te delatan,
tus frías caricias de fuego,
el inmortal mensaje
en mortal mensajero.
En lo hueco de los ojos,
veo el reflejo de lo que miro,
vea poco o vea mi sino,
todo es cosa de locos.
De tus manos mercuriales,
el regalo he recibido,
no sé si por fortuna,
o porque así lo has querido.
El mensaje es profundo,
una árdua batalla nos queda.
Tu con fuego, yo tu hierba,
para poder arder juntos
 en el prado de la hoguera.

dimecres, 4 de maig de 2016

La verdadera y difícil batalla: los horrores de la guerra.

 
Mucho se ha dicho ya sobre la guerra y sus horrores, por lo que vais a leer no trae nada nuevo a ese campo yermo y seco que es la desesperanza. Me gustaría poder escribir con alegría, traer palabras de ánimo y coraje, pero viviendo y viendo lo que sucede alrededor de nuestro mundo tan sólo puedo mostraros una larga letanía de lamentos en las que los llantos y los gritos de horror son tan sólo el borde de ese negro abismo en el que la Muerte nos espera.

Hoy quiero ofrecer un helado cubo de realidad que recorra vuestras conciencias y os haga reflexionar desde lo profundo. Muchos de nosotros hemos visto por televisión o leído en alguna red social o periódico lo que está sucediendo en muchas partes del mundo, desde la cruel guerra Siria hasta los atentados perpetrados a lo largo de todo el mundo. Todos hemos visto la cara de desolación de miles de personas anónimas que viajan sin rumbo hacia un destino sin esperanzas para ellos, una falsa tierra prometida europea que les cierra las puertas con una sonrisa hipócrita de compasión. También vemos el hambre, las lágrimas y la angustia de otros muchos al perder todo aquello que poseían y a todos aquellos a los que amaban, dejando tan sólo un eco vacío en sus mentes ante un desolado páramo destrozado que nunca volverá a recuperar sus colores porque les faltan aquellos que se los daban.

Estas dantescas visiones no son fruto de una imaginación perturbada, sino resultado del peor de los demonios que el mundo ha visto a lo largo de su historia. Su nombre es Codicia, pero también ostenta los pérfidos apodos de Egoísmo, Miedo, Avaricia e Ignorancia. El mismo mal con miles de títulos que ha sido capaz de poseer las mentes de unos cuantos que han decidido cambiar el dolor ajeno por billetes propios a costa de la desgracia y la desolación de todo aquello que un día mereció la pena de este mundo en forma de amor, amistad, esperanza y vida. No os engañéis, todas las guerras tienen como trasfondo el poder, querer controlar o poseer, no hay ideales políticos, religiosos o morales de ningún tipo que justifiquen la brutalidad bajo el disfraz del Bien, son sólo maquiavélicas máscaras que nos venden los poderosos con sus medios de comunicación bien pagados y manipulados a su antojo. Nos crean un enemigo, nos lo venden y anuncian para sembrar el miedo en nuestros corazones y ser dóciles ante todo lo que decidan y hagan.

Pero lo peor de todo esto no es que el más terrorífico de los monstruos esté suelto, sino que el resto de personas implicadas en esas matanzas, desde los soldados del campo de batalla hasta los ciudadanos ajenos a esas disputas, no hagamos nada por detenerlas. Parece ser que quejarse por el dolor y la muerte de otros es un disfraz compasivo que nos relaja la conciencia por no reaccionar ante aquellos que están encima de la pirámide (sustentada por todos nosotros) y lo que han decidido hacer con la responsabilidad que les hemos otorgado: auténticas salvajadas disfrazadas de civilización. No sirven las excusas de que “no es culpa nuestra, no podemos hacer nada”, porque en esta guerra global estamos todos. Los enemigos más grandes no son los que nos venden como tales; ni la cultura musulmana, ni la socialista, ni siquiera la capitalista con todas sus enfermedades son el verdadero contrario a derrotar. El verdadero adversario se encuentra en nosotros mismos, sonriéndonos cada vez que somos impotentes, cobardes, egoístas o malvados. No se trata de repartir amor incondicional, sino de terminar con las fobias que nos impiden tender la mano a los demás. De nada sirve regalar un pez si la caña de los demás, y la nuestra propia, siguen estropeadas.

No importa la ideología que defendamos si nos escudamos en la idea de que por alguna extraña razón absurda nosotros tenemos más derechos que ellos. Parafraseando a Shakespeare: ¿Es que no estamos nutridos por los mismos alimentos, heridos por las mismas armas, sujetos a las mismas enfermedades, curados por los mismos medios, calentados y enfriados por los mismos veranos y por los mismos inviernos? No existen razones verdaderas para el robo y la barbarie, por eso, cuando veáis la guerra y la muerte no sonriáis pensando que “vuestro bando” es el ganador. En esta matanza estamos perdiendo todos. Porque perdemos nuestra cordura cada vez que un inocente muere, perdemos nuestra empatía cada vez que giramos la vista hacia otro lado y perdemos nuestra dignidad cada vez que permitimos que cosas así sigan sucediendo.


No se trata de seguir cortando cabezas, sino de comenzar a sembrar conciencias. Si nos envenenamos todos, todos moriremos. Si nos odiamos todos, todos perderemos. Pero si en algún momento alzamos la voz y comenzamos la verdadera y difícil batalla del amor, esa que comienza en nuestros corazones y termina en nuestra mirada, esa que se ve reflejada en las buenas intenciones y tiene su eco en la felicidad de todos, habremos ganado la más difícil de todas las guerras y la única en la que de verdad merece la pena ser un soldado valiente. Porque las bombas, las balas y los cuchillos afilados no son las verdaderas armas que un guerrero debe llevar, sino la templanza, la verdad y el amor, para vencer a las legiones de prejuicios, los francotiradores de mentiras y acabar con la balas de miedo e ignorancia que hacen de este mundo un sitio aun más gris de lo que la ceniza y el polvo pueden ensuciarlo.