dijous, 15 de desembre de 2016

El último ocaso

 
Siento el frío de la tierra como se ha calado en mis huesos, pero ya no importa. Siento el viento frío portando mensajes antiguos, pero eso tampoco importa. La luz pierde poco a poco su territorio, se aleja como si tuviese miedo de la oscuridad que la abraza. Un atardecer perezoso se deja caer entre nubes de humo y ceniza, para teñir con las últimas alegrías los pedacitos grises que invaden todo cuanto alcanza mi vista. El olor a flores marchitas acompaña con su agridulce presencia. Llegó el último ocaso.
Pedimos al dios del tiempo que aquello no fuese real, un juego caprichoso de niños perdidos en un mundo de adultos. Pero eso no funcionó. Estamos perdidos en este atardecer que marcará nuestras miradas y dejará cicatrices que no podremos olvidar, y nadie va a tener piedad de nosotros. Nadie vendrá a salvarnos, nadie vendrá tendernos una mano. El azul se apaga en una mueca de sufrimiento, y el rosado invade la batalla celeste de la mano de algunas estrellas. Yo en ese momento, no puedo evitar sonreír.

En ese rincón del mundo nuestra mente hizo la última colada. Hemos desperezado las ansias de vida a destiempo y ahora están temerosas y quejicosas. El miedo ha decidido unirse a la fiesta, no se pierde ni una últimamente. Y entre llantos y risas nos despedimos de todo aquello que un día creímos cierto, sabiendo que una larga noche está próxima… Menos mal que hemos aprendido a robarle las estelas al Destino.

Llegará la noche tras nuestro último ocaso. Ya no acurrucaremos los secretos nunca más, se volverán gritos desgarrados en el tejido del tiempo que sólo el viento y la piedra decidirán si merece la pena conservar. El frío traerá a los muertos con sus recuerdos, danzarán junto a los monstruos que más tememos… Y una vez en la oscuridad más plena veremos la tenue luz de un diminuto diamante. Y eso será suficiente para volver a la vida.

Y llegará un día en el que nuestro último ocaso encuentre su noche con final. Amanecerá una primavera dispuesta a recibir el tránsito de nuestra vida, recordándonos que la vida no es sólo dolor o placer, es mucho más que eso y empieza siempre en nosotros mismos Sólo hace falta el más pequeño de los fuegos para que un incendio arrase todo un bosque, y nuestro bosque está en llamas desde sus cimientos. Pero que arda el mundo y aquellos que campan por él, porque ya no temo al último ocaso. Porque en mi noche he visto mi diamante. Porque hay vida después del miedo.

Así que, aquí estamos, tú y yo y un atardecer inesperado. Prepárate para la noche, no tengas miedo. Que el resto, será volver a soñar.



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