divendres, 16 d’octubre de 2015

Diamante de Goecia



Sentado en la soledad de mi escritorio la noto. La oscuridad poco a poco se cierne en nuestras tierras, el maduro otoño envejece hacia el Caos primigenio. La noche se apodera de los corazones y un dulce podrido comienza a olerse junto a los montones de hojas, húmedas por la lluvia fría y triste. Llegó la caída, estamos a las puertas de los días oscuros en los que aquellos que pasaron al otro lado, volverán para caminar entre nosotros. El viejo cazador ha comenzado a preparar sus monturas, los vendavales ensillan a sus tormentas, los muertos compartirán el banquete de los vivos.

Este otoño ha llegado especialmente destructor, como si una fuerza arrancara lo más doloroso de raíz para dejar los campos secos y fríos en el más crudo de los inviernos. Son momentos en los que el tiempo pierde su sentido, todo se presenta crudo y sin maquillaje, no hay piedad en la caída, sólo descenso. Y este descenso se va a notar...

La Tierra se va enfriando poco a poco, humedeciendo sus entrañas con las nieblas, lluvias y rocíos. Lo está devorando todo, engullendo la muerte que se vuelve sangre de vida en sus entrañas, esencia de muertos, sustancia de vida. El Señor del Desgobierno se ríe a lo lejos, la luz entre sus cuernos me recuerda, me hace sentir, que tras todo negro llegará el blanco...

Y todo esto viene a cuento de una visión, una imagen que apareció clara en el ojo de mi mente y me dejó reflexionando. Todo comenzó estudiando sobre demonios y el Ars Goetia, ajetreado entre mi mundo espiritual y las obligaciones de mi mundo físico, en el momento más (in)oportuno vi lo que me ha hecho entender de corazón algunas cosas que puedo dar por ciertas, con todo lo relativo que eso significa.

Un enorme diamante octaédrico del blanco más puro jamás concebido se hallaba rodeado de unas enormes y oscuras sombras que lo ocultaban. Todas esas sombras eran lo más pérfido y siniestro del ser humano, vislumbrado como un terror que enferma el espíritu desde lo más profundo, sumiéndolo en una cadavérica oscuridad de necesidad y miedo. Esas sombras eran todo aquello que hemos terminado llamando demonio o diabólico, espíritus negros podridos que danzan alrededor de la cosa más bella jamás vista. Todos se aferraban a las cristalinas paredes para intentar agarrar algo de aquella luz divina que emanaba del gran diamante, ninguna lo conseguía y entraban en una furia que resonaba en aquel escenario de vacío donde ocurría todo.

Por alguna razón el diamante empezó a brillar y todos los demonios no tuvieron más remedio que recular. Pero lo más interesante es que las sombras no retrocedían por miedo, las sombras dejaban paso a aquella luz tras entender que hay un momento en el que son comprendidos y contemplados con amor. Todos los demonios sonreían para mostrar el secreto que hay tras sus funestas sombras, como si hubieran sido sus guardianes, no sus parásitos.

Y el diamante blanco que vi era lo más perfecto que jamás había visto. No podía ser más puro y esencial. Un fuego brillaba en su interior y su luz nos abrazaba a todos. Era un fragmento esencial de la Divinidad, algo inmaculado y eternamente virginal. Y no lo comprendía, no lo entendía con la mente. Pero lo abracé con el corazón y comprendí que todo era perfecto tal y como era, es y será. El resto es vanidad.

Un otoño lleno de misterios por delante, misterios que se adentran en la Madre Tierra, mientras el cazador se lleva las almas y el Padre Cielo regresa a su dulce oscuridad. El Diamante incomprendido pero entendido sigue brillando y quiero llegar a él. El resto, sigue siendo camino.

2 comentaris:

  1. Y qué esconde ese diamante? (Perdona, vuelvo a ser yo con mis curiosidades) jajajaja

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  2. Y qué esconde ese diamante? (Perdona, vuelvo a ser yo con mis curiosidades) jajajaja

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