dimarts, 16 de desembre de 2014

A ti yayo, hasta pronto.




Las despedidas siempre son algo difícil de asumir. Como todo lo malo en esta vida, suele pillarnos desprevenidos, con los pantalones del alma bajados ante las otras inclemencias de nuestra existencia. Hace poco un adiós se cruzó en mi camino en forma de muerte, partió hacia su cielo de la mano del segundo padre de toda mi infancia, dejándonos a todos con un sabor a café oxidado en los labios, como si el olvido pudiese saborearse y olerse por un instante.
Ver como alguien se marcha de este mundo es como ver marchar un barco por el horizonte. Algo se aleja de ti y desaparece en un punto indefinido, imposible de ver con los ojos, pero sabes que esa nave sigue navegando más allá, contra otros vientos y mareas del lado oculto de la existencia que nunca comprenderemos, hasta que llegue nuestro bote para ir tras la fina línea que separa el mar del cielo.

En momentos así es fácil pensar en el dolor y la desesperanza, pues esto comienzan a perseguirnos tras cada esquina, llenando las ausencias con su presencia gris y amarga. La luz parece extinguirse y los miedos se pasean por nuestra piel, frágil y humana, como un cruel recordatorio de todo lo que somos. También llegan a nosotros todos los planes futuros rotos para recordarnos lo que nunca podrán llegar a ser, así como todos los arrepentimientos pasados hacen gala de sus mejores vestidos de tristeza en un desfile de pensamientos bajo el patronazgo de las memorias que fueron y nunca más volverán.
Con un panorama así es fácil rendirse, parece sencillo dejarse llevar por las amarguras, pero lejos de ser la opción más fácil, una parte de nosotros enciende la estufa de la esperanza, alimentándola con las ramas rotas de todo el amor que se quedó por ofrecer. Entonces nace una fuente de calor que nos arropa y nos obliga a acurrucarnos en el seno de lo más primordial de nosotros mismos, incubando en ese sueño de duelo todo lo que nos espera de ahora en adelante: un camino que seguir y unos sueños que alcanzar.

Y al principio todo eso parece una montaña imposible de subir, pues la mochila de nuestra conciencia sigue cargada con todo aquello que no hicimos, pero a medida que vamos superando nuestras perezas y el letargo se marchita en nuestro interior, surgen las flores de nuevas primaveras ante nuestros pies, los brotes de alegría se dejan asomar en los bordes de nuestro sendero y todo parece volver a su cauce.
Pero no es hasta que transcurrido un buen trecho y nuestros pies empiezan a quejarse, cuando nos damos cuenta que hemos llegado a una cima de experiencia, viendo en la lejanía todo lo que hemos dejado atrás. Muchas cosas en su momento parecieron imposibles de superar y otras muchas lo siguen pareciendo a pesar de haber sobrevivido a ellas. Y en ese monte de nuestra vida, tras haber caminado las rutas de la vieja muerte y haber escalado por las paredes de la superación, vemos de nuevo el horizonte. Esa fina línea por la que un día desapareció una persona a la que le dimos un pedacito de nuestro corazón para que lo guardar allá donde fuera. Y es en ese momento, en la altura de la experiencia, cuando podemos ver como el barco de su alma sigue navegando otros mares, con distintas islas, con distintos vientos y con distintas mareas. Un barco que espera pacientemente nuestra llegada cuando sea nuestra hora. La hora de remar con la parca bajo los vientos de la eternidad y con la brújula del Destino.

A todos los que hayáis sufrido una pérdida os quiero mandar un mensaje de esperanza. Puede que ahora no lo entendáis, pues todo adiós viene cargado de tristeza, pero no os rindáis. Llorad todo lo que vuestro corazón os dicte, pero no olvidéis de regar con esas lágrimas las semillas de nuevos amaneceres, pues vosotros aún seguís aquí en esta vida. Si en algún momento vuestro ánimo decae y todo parece volverse gris de nuevo, pensad en que aquellos que ya no están siguen entre nosotros más allá de las estrellas, deseando que vivamos y regalemos al mundo todas las sonrisas y sueños cumplidos que ellos no pudieron compartir con nosotros. Tarde o temprano nos llegará la hora de volver junto a ellos, pero hasta entonces, no olvidéis que tenéis que hacer que se sientan orgullosos, ya sea con vuestra sonrisa o con la de aquellos que están por venir. Se lo debemos.