diumenge, 26 d’octubre de 2014

El Aquelarre del Circo del Mundo.



El mundo es una pista de circo. Un enorme escenario dispuesto a albergar las maravillas más magníficas, capaz de mostrar los arcoíris del alma más remotos y listo para convertirse en el mayor espectáculo de todos. Los payasos del Inframundo, disfrazados de falsas ilusiones; los malabaristas del Destino, dispuestos a no detener sus juegos; los músicos del Adiós, recordándonos con sus melodías todas las heridas que el tiempo nos ha dejado; el forzudo del Tiempo, reflejando en sus hazañas nuestra debilidad más evidente; el domador de Temores, capaz de someter sus miedos más profundos a la voluntad de su látigo; y la mayor estrella de todas, la dulce Amor con su amante la Muerte, en su magnífico número de danza aérea, al borde de la vida, al borde el abismo.

El espectáculo llena las gradas de espectadores de la Esperanza, viejos soñadores dispuestos a disfrutar de la función como recordatorio de lo que realmente somos. Los focos de las verdades iluminan la pista de la Sinceridad, mostrándonos lo que es auténtico en todo esta farsa de pícaros y rufianes. Los músicos empiezan a tocar y entonan las melodías del bullicio de la existencia. Los perfumes de los amaneceres se entremezclan con los almizcles de los tedios, resultando un sentimiento difícil de encerrar en una simple palabra. Tras la música llega el Gran Señor de todo este circo, el Capitán de los Locos, el Mafioso del Amor, Traficante de la Muerte y Maestro de Ceremonias. Su gran Ceremonia ha empezado, capitanea nuestras almas hacia los abismos de los dolores más extremos a través de los placeres más mundanos; nos eleva mediante el fuego hacia las estrellas de la dulzura y nos transmite "eso", la visión de la realidad más absoluta, todo, la vida y la muerte. Todo. Todo eso.

Los increíbles números que presenta el Gran Maestro son ruedas que giran en una existencia eterna, recordándonos que todo vuelve, que todo regresa. Que lo que va de un lado a otro siempre oscila. Una danza en la que todo está en un perpetuo movimiento que debido a su infinita velocidad parece tranquila y estática. Todo tiene su sentido y a su vez todo tiene su causa. Que de la luz desciende la tiniebla para entender la oscuridad, que de la oscuridad ascienden las estrellas que algún día nos guiaran. Un maravilloso espectáculo de la mente, una enorme totalidad, la vida en muerte vivida.

Y tras una intensa función que nos ha transportado por los senderos de la maravillosidad, debemos regresar a nuestros hogares para comprender lo que se nos ha mostrado, todo lo que el Gran Maestro de Ceremonias en su rito antiguo y sincero nos ha mostrado. El resto es silencio.

dilluns, 20 d’octubre de 2014

Con amor, gracias.



A la amante que me acuna en todas mis pesadillas:

No es la primera carta que te escribo y tampoco será la última. Volver a sincerarme contigo es recordar todo aquello bello que hay en esta vida, acariciar la ilusión de la fortuna y saborear los pequeños placeres prohibidos que nuestra alma olvida con tanta facilidad. Sinceramente, con una recompensa así de grande, cualquiera se haría adicto a recitar sus sentimientos. Yo sólo sacio mi ansia de querer devorarte, mi alegría de disfrutar cuidarte y mi miedo de perder aquello que más amo.

Estas palabras son un gesto de amorosa y sincera gratitud. Simplemente, debo darte las gracias por todo. Todo. La inmensidad se me queda corta contigo, pero sencillamente es que me lo has dado todo. Tu regalo luce el disfraz de buenos momentos, adornado con los más sinceros besos y perfumado con el sudor cálido de algún arrebato. Pero su interior es aún más bello que su máscara, pues alberga la esperanza de la redención, la ilusión de un nuevo día, el deseo de ser mejor y la certeza de conseguirlo. Es difícil hacer entender la gratitud que supone pasar de la fe a la convicción gracias al amor, es como saber capturar la luz de las estrellas y condimentarlas con todas las sonrisas que nos han regalado. Una libertad de aire y fuego que viaja a través de los rincones de la nostalgia y los sueños de los quijotes. Sencillamente, gracias a ti he descubierto que merece la pena ser mejor persona.

En mi vida he librado muchas batallas y he caído en muchas ocasiones. Me he demostrado que soy humano y que los errores son parte de mi esencia. Si no hubiese metido la pata hasta el fondo, nunca habría apreciado algunos momentos de auténtica desesperación, locura y tristeza, que me han enseñado, aunque sea de manera leve, el verdadero rostro del terror. Un rostro temible capaz de devorarnos en cualquier momento si nos lo tomamos demasiado en serio con él...
Y tras todos los momentos terribles y con los errores como maestros, descubrí en tu amor un analgésico que amainó cualquier daño que precisara ser vengado. Eliminaste muchos de los oscuros deseos de odio que crecieron desde hace mucho en algún callejón olvidado de mi mente. Sencillamente, abriste la ventana de mi cabeza y aireaste en mi el frescor de la dulzura y la belleza de todo aquello que merece ser vivido en esta vida.

Entiendo que a veces te cueste verte de la manera en la que yo te describo. Sé que el olor a cansancio y las exigencias de un cocinero acelerado no ayudan, pero es en todo tu esfuerzo y tu esmero en la batalla de la vida donde he aprendido a querer. Gracias a que he visto un poco tu tristeza he aprendido a amar tu alegría. Da igual como te pongas, eres guapa tal y como estés e impresionante siempre que lo desees (y conmigo  tampoco hace falta que lo desees mucho). Sólo no olvides que nunca dejaré de ofrecerte un café al despertarte y que prefiero más una de tus rarezas que miles de fortunas que puedan ofrecerme.

Así que, amor mío, gracias por ofrecerme tus sonrisas y por dejarme secarte las lágrimas. Gracias por quererme y dejarte querer. Gracias por todos los momentos de ternura, todos los besos y todas las caricias. Gracias por entender que no hace falta que nos demos las gracias. 

Con amor, Carlos.