dissabte, 30 d’agost de 2014

πάντα ρεῖ



Tras una ola llega otra, el ciclo no de se detiene y en el movimiento perpetuo podemos comprender la quietud del universo. En su todo fluye está su esencia, pues es un movimiento que es, y lo que es siempre será, pues no puede llegar a no ser.

Mi vida cambió cuando decidí cruzar el umbral. Una puerta ansiosa de ser abierta pero peligrosa e incomprensible para aquellos que no hayan entendido que en su ardiente sombra se esconden verdades de la vida muy necesarias de comprender. Y abrí el pomo de mis límites, hice crujir las bisagras de mis excusas y razones, crucé el marco de aquella entrada hacia un descenso angosto y oscuro hacia los pasillos de mis miedos más primitivos, de mis monstruos más ancestrales y las locuras más vivas y presentes y, a la vez, las más ignoradas. Descubrí en aquel descenso cosas terribles que era capaz de hacer y los monstruos que mi mente podía llegar a someter.

Como todo descenso empieza con un sometimiento a todo el peso que queda sobre tu cabeza. La tierra se sostiene en un delicado túnel sumergido por un delicado equilibrio. Ella misma sostiene sus propias entrañas y si la tierra se retuerce o tiembla, sus oscuros recovecos cambiarán de forma y dueño. Así sucede y así sucederá. Tras ese sometimiento comienza el despojo, te despojas de aquello que no necesitas, de aquello que no has querido admitir, tus miedos y fracasos, pero también te despojas de todas las sonrisas y las alegrías, de los abrazos vivos que acariciaban la frescura de tus párpados todas las mañanas. Te desnudas de recuerdos y amores, para terminar arrancándote la piel y los huesos, deseando que en lo más profundo haya una razón y sentido, la clave que de sentido al cerrojo. La llave que merezca el esfuerzo encontrar en los abismos de todas aquellas hechicerías oscuras para dominar lo que está abajo y así comprender lo que está arriba.

Y una vez allí, desmembrado de todo aquello que te hizo creerte, lo encuentras. Lo ves en el horizonte de esa unidad, vislumbras en tu múltiple caída la totalidad y el sentido que se encuentra tras todas aquellas fragancias y momentos. Comprendí que nada ocurre sin su sentido, que todo es lo que debe ser. Comprendí que cada instante es como debe ser, que luchar no tiene sentido, que batallar carecía de razón. Y, por un sublime y fugaz instante áureo, me fundí con aquella razón, minúscula y única, infinita y totalitaria. Besé los labios de mi verdadero corazón y soñé con todos los mundos habidos y por haber, ayer, hoy y siempre.

Y en ese fondo, en esa profundidad vi la luz de nuevo y comenzó el ascenso. Con los ojos cerrados a la ignorancia, comprendiendo todo aquello que antes era incomprensible y sabiendo que es lo que es y que no lo que no es. Abrí las alas, unas alas plateadas que el abismo me regaló, forjadas con la experiencia y la paz que te otorgaba la comprensión, ascendiendo sobre todo aquello que debía deshacerme. Sabiendo que cada mirada a partir de ahora es mis ojos. Sabiendo que en cada suspiro están los míos. Saboreando con el placer de hacerme sutil el viaje que a todos nos concierne, el de la vida. Viendo que en esas alturas alcanzadas todo era luz, todo era paz.

Y tras volverme más sutil que el fuego vi en esa gama claroscura del universo la razón. La razón que hoy se me permite desvelar, pues todos la conocemos, pero pocos la comprenden.  El motivo de la sinrazón y la alegría de la lógica, la lágrima del corazón alegre, el llanto que apaga el calor del miedo. Aquello que siempre hemos sido y siempre seremos. Ayer, hoy y siempre. El Amor.