dilluns, 20 d’octubre de 2014

Con amor, gracias.



A la amante que me acuna en todas mis pesadillas:

No es la primera carta que te escribo y tampoco será la última. Volver a sincerarme contigo es recordar todo aquello bello que hay en esta vida, acariciar la ilusión de la fortuna y saborear los pequeños placeres prohibidos que nuestra alma olvida con tanta facilidad. Sinceramente, con una recompensa así de grande, cualquiera se haría adicto a recitar sus sentimientos. Yo sólo sacio mi ansia de querer devorarte, mi alegría de disfrutar cuidarte y mi miedo de perder aquello que más amo.

Estas palabras son un gesto de amorosa y sincera gratitud. Simplemente, debo darte las gracias por todo. Todo. La inmensidad se me queda corta contigo, pero sencillamente es que me lo has dado todo. Tu regalo luce el disfraz de buenos momentos, adornado con los más sinceros besos y perfumado con el sudor cálido de algún arrebato. Pero su interior es aún más bello que su máscara, pues alberga la esperanza de la redención, la ilusión de un nuevo día, el deseo de ser mejor y la certeza de conseguirlo. Es difícil hacer entender la gratitud que supone pasar de la fe a la convicción gracias al amor, es como saber capturar la luz de las estrellas y condimentarlas con todas las sonrisas que nos han regalado. Una libertad de aire y fuego que viaja a través de los rincones de la nostalgia y los sueños de los quijotes. Sencillamente, gracias a ti he descubierto que merece la pena ser mejor persona.

En mi vida he librado muchas batallas y he caído en muchas ocasiones. Me he demostrado que soy humano y que los errores son parte de mi esencia. Si no hubiese metido la pata hasta el fondo, nunca habría apreciado algunos momentos de auténtica desesperación, locura y tristeza, que me han enseñado, aunque sea de manera leve, el verdadero rostro del terror. Un rostro temible capaz de devorarnos en cualquier momento si nos lo tomamos demasiado en serio con él...
Y tras todos los momentos terribles y con los errores como maestros, descubrí en tu amor un analgésico que amainó cualquier daño que precisara ser vengado. Eliminaste muchos de los oscuros deseos de odio que crecieron desde hace mucho en algún callejón olvidado de mi mente. Sencillamente, abriste la ventana de mi cabeza y aireaste en mi el frescor de la dulzura y la belleza de todo aquello que merece ser vivido en esta vida.

Entiendo que a veces te cueste verte de la manera en la que yo te describo. Sé que el olor a cansancio y las exigencias de un cocinero acelerado no ayudan, pero es en todo tu esfuerzo y tu esmero en la batalla de la vida donde he aprendido a querer. Gracias a que he visto un poco tu tristeza he aprendido a amar tu alegría. Da igual como te pongas, eres guapa tal y como estés e impresionante siempre que lo desees (y conmigo  tampoco hace falta que lo desees mucho). Sólo no olvides que nunca dejaré de ofrecerte un café al despertarte y que prefiero más una de tus rarezas que miles de fortunas que puedan ofrecerme.

Así que, amor mío, gracias por ofrecerme tus sonrisas y por dejarme secarte las lágrimas. Gracias por quererme y dejarte querer. Gracias por todos los momentos de ternura, todos los besos y todas las caricias. Gracias por entender que no hace falta que nos demos las gracias. 

Con amor, Carlos.

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