dimarts, 2 de setembre de 2014

Así que...

Queda menos, falta poco y llega el momento. Como todos los aquí presentes, nunca recordaré los primeros y dulces momentos, aquellos en los que todo dependía de vosotros. Pero si de esos momentos no me acuerdo es porque, sencillamente, no era el responsable de lo que estos suponían. De todo lo que a continuación voy a acordarme sí que tiene sentido que así sea, porque son los momentos que me han traído hasta aquí, porque son los que me han convertido, me guste más o menos, en lo que soy ahora. Y en todos ellos algo tenéis que ver vosotros dos.

Nunca me ha faltado de nada, he tenido de todo y me han sobrado motivos para sonreír, no lo voy a negar. Desde pequeño si de algo he podido lucir ha sido de cariño y dedicación. No he conocido ni el hambre ni la desdicha, tampoco la rabia ni los enfrentamientos, así como siempre me han acompañado las palabras tiernas de una madre que nunca ha dudado en abrazarme y los chistes malos de un padre que siempre me ha arrancado una sonrisa. Ni mi adolescencia y mi reciente etapa adulta han estado exentas de educación, alegría, comprensión y todo aquello que un hijo pueda y necesite aprender. Sea esto bueno o sea malo, porque ambas son necesarias para curtir el cuero del alma y hacernos fuerte frente a las palizas de la vida.

Ha llegado el momento de mi vida en el que puedo afirmar, sin temor ninguno, que ya soy un hombre. Citando una mítica película he de desvelar que "he visto cosas que jamás imaginaríais"... Muy a mi pesar, ya he cometido suficientes errores como para ser un poco sabio; he tenido atrevimientos que me han desvelado algo inconsciente y a la vez temerario; he tomado decisiones que me han configurado como lo que soy y, lo más importante de todo, no me arrepiento de nada. Todo lo que ya sucederá en mi vida será por mi mano y para los míos, siendo totalmente responsable de mi caída o mi alzamiento...

Y por todo eso estamos aquí, porque sin vosotros no tendría las herramientas ni el valor de estar seguro que serán más las victorias que las derrotas. Porque sin esa voluntad de traerme a este mundo y sin el amor que se precisa para levantar la auténtica Torre de Babel que es la vida humana, no habría un Carlos que escribiera estas palabras. Los alquimistas hablaban de realizar la Gran Obra, y aunque esté seguro que no habéis estudiado ni leído uno de esos complicados tratados, sé perfectamente que habéis realizado una de ellas.

Porque si puedo resumir todos estos años en dos simples afirmaciones, son estas. Que de mi madre, la que me tuvo en sus entrañas y me dio a luz un veintiséis de mayo, he aprendido que no hay obstáculo que sea suficientemente alto, que la fuerza y la voluntad valen más que cualquier problema y que todo, sea lo que sea, se supera. Y de mi padre, aquel que me ha enseñado a apreciar el verdadero oro de este mundo (el que ni se ve ni se llega a tocar), que nunca, jamás en la vida, debo dejar de ser un niño, por hombre que sea. Porque la voluntad sin la fuerza y el asombro de un niño no vale nada.

Por todo esto y mucho más diría mil cosas, pero entre ellas está el hecho de que quizás nunca más vuelva a vivir en la misma casa que vosotros. La vida da mil vueltas y nunca diré de este agua no beberé, pero así son las cosas y, de una manera inesperada, empiezo a volar a esa aventura para la que me habéis entrenado, armado y preparado. Y con la Fuerza de mi lado y la valentía en el otro, sólo que me queda decir que, con vuestros errores y vuestros defectos, vuestras virtudes y locuras, os quiero.

Así que... Gracias por todo.

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