dijous, 15 de maig de 2014

El tiempo, todo locura.



Las pocas bocanadas de aire fresco que tomo de alrededor son como pequeñas lágrimas celestiales que alivian cualquier dolor. Corro agotado hacia un Destino inevitable que desconozco por completo, un destino que no me queda otra opción que aceptar y acatar. Sometido a las agujas del reloj traicionero, me siento preso de aquellos segundo que se me escapan sin la comprensión, sin el entendimiento del porqué de todos aquellos actos que suponen un antes y un después, una condena y una salvación, una vida o una muerte.

Llega el momento de mi vida en el que ya no hay marcha atrás. Muchos años han pasado desde las primeras grandes decisiones y muchas han sido las lecciones. Muchos ojos explorados y muchas miradas entristecidas a mi paso, así como muchas sonrisas y alegrías de acompañamiento y complemento necesario. Nunca me imaginé tal como soy ahora mismo, pero tampoco negaré que me he convertido en lo que yo mismo he andado. Senderos misteriosos y oscuros para algunos, senderos prohibidos para otros y caminos demasiado transitados en alguna que otra ocasión.

Jamás me creí capaz de verme tantos defectos y a la vez valorarme tantas virtudes como ahora mismo. Un abanico de posiblidades de realidad se abre ante mi, ofreciéndome la más terrible de las soluciones o la más sublime de las salidas ante el caos que ahora mismo alberga mi mente. Por todo eso me encuentro en la encrucijada más cruda que jamás ha visitado mi pobre alma, si es que tengo alguna. 

Un cruce de caminos en el que mis miedos acechan y mis terrores me saludan desde cualquier ángulo... Pero ellos no saben que yo ya soy consciente de qué me ha llevado a ellos, las cosas que me han hecho caer una y otra vez en los mismos errores: programaciones erroneas en la computación de mi cabeza sometida a cosas que no le deseo a nadie, así como expuesta a luces cegadoras y caricias compasivas que, en más de una ocasión, me recuerdan que soy un simple mortal y que no debería tomarme tan en serio mi vida, pues resulta que nunca saldré vivo de ella.

Y veo el camino que deseo tomar de esta encrucijada, y sé quien quiero que me acompañe en él. También conozco todas las cosas que nunca repetiré, así como las cosas que cargaré para siempre en un pedacito de mi conciencia, haciéndome más sabio, un poco más triste y mucho más impetuoso con la vida. Porque no sé que pasará cuando los dioses decidan que ha acabado mi tiempo sobre esta tierra, tan sólo sé que ese día sabré si hay o no algo más y que, hasta entonces, debo luchar y perseguir la felicidad escurridiza y esquiva que todos anhelamos. Esa dulce promesa de horizontes claros y paisajes livianos, ese dulce deseo de una caricia y un abrazo que todo lo cura. Porque el tiempo todo locura. Es todo locura.

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