dimarts, 20 de maig de 2014

Déjame que te cante esperanza



Tardes grises y días nublados. El color de los matices de la vida parece difuminarse mientras las gotas caprichosas salpican nuestros rostros. Gotas de tristeza y gotas de infortunio, las mismas lágrimas divinas que caían cuando algunos venían al mundo, las mismas sonrisas funestas que despiden a otros que marchan de este globo entre cielos encapotados por un caprichoso dios de la tormenta. La misma agua que moja el rostro inocente de algunas personas que nada de culpa albergan en su corazón, el mismo rocío que choca con aquellos cuyas palabras esconden veneno agriado con el paso de los años.

Veo en tu rostro el cansancio de los infortunios, el agotamiento del dolor y la fatiga de los nervios. Sé cuando tus ojos se nublan, como el cielo, para mostrarme que en tu interior se derraman tormentas de angustia, que forman charcos de dudas con los que es fácil resbalarse. Una lúgubre imagen de una sonrisa desdibujada remarca la comisura de tus labios y me hace escuchar en el eco de tus suspiros alguna que otra respiración de miedo. Es normal, muchas son las cosas que aguantar, muchos los obstáculos que sortear y demasiadas las punzadas que la vida te ha regalado, más por azar que por castigo.

Y ante este paisaje y con la enfermedad recorriendo mis venas, con más negro que color en mi paleta, puedo decirte que, quizás en un acto de videncia, he divisado en nuestro horizonte las llanuras de la paz, he visto el dorado de un nuevo día y la sonrisa de un joven lucero anunciado el fin de las tormentas. Déjame que te cante esperanza, alegrías de un nuevo amanecer que he visto. Déjame que te susurre los arrumacos que el mundo nos esconde tras cada esquina. Permíteme recordarte aquellas maravillas que están entre nosotros y te guíe hasta la isla del tesoro que está por redescubrir.

He visto el día en el que los amaneceres serán claros. Mañanas adornadas con el aroma de un café humeante y con el dulce tacto de sábanas recién desordenadas. Un caprichoso sol se colará entre las rendijas de una ventana cualquiera, desperazándonos de nuestros más profundos sueños y animándonos a ponernos en marcha. Un par de minutos serán un capricho para todo el trabajo que nos espera, la labor de hacer algo que nos gusta y el sentimiento de que, además, es lo correcto.

Sé que llegarán esos instantes en los que nos abrazaremos al llegar de un día largo e intenso, para acurrucarnos en cualquier esquina con la excusa de contarnos al oído anécdotas que nos hagan sonreir. Sonrisas que se dibujarán en nuestro ruestro tranquilo y sereno, sabiendo que todo cuanto pueda ocurrirnos podrá ser superado, conociendo que ni la impaciencia ni su gemela la prisa podrán con nuestros corazones, saboreando el ánimo de que nada ni nadie nos vencerá aunque ponga años de esfuerzo en ello.

Puedo afirmarte con seguridad que estos negros nubarrones no son nada. Que todos aquellos que pretenden minarnos son sólo estupidos golpes de agua chocando contra nuestro rompeolas a todo riesgo. Y, cómo no, decirte que la salud regresará, que la vitalidad con ella y el hambre de comernos el mundo se abrirá de nuevo en nuestras entrañas. No temas estos días de lluvia, que tras sus precipitaciones frías, llegarán los soles de los buenos días y las lunas de las buenas noches.

Y cuando te falte el ánimo y la desilusión se haga un hueco en tu corazón, déjame que te cante esperanza, acompañados con el aroma del café que te haga y su compañía predilecta. Que ya queda menos.

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