dimarts, 21 de gener de 2014

Carta de amor a la dulce Hebe



Adorada Hebe,

Bienvenida seas a mi humilde morada, bienvenida al hogar que me ha visto nacer y ha sido cobijo de muchas esperanzas y sueños. Entra sin miedo en la casa de mis primaveras y deja que te regale unas cuantas flores de perfumes sedosos que alegren tu bello rostro. No me andaré con rodeos, te amo como se aman los amaneceres en las largas noches, te deseo con la pasión que abriga el fuego en el duro invierno y te anhelo más que a cualquiera de las virtudes y regalos de esta mortalidad pasajera. Siéntate conmigo unos instantes, efímera Hebe, déjame acariciar tus mejillas con mis ansias de amor, mis aventuras trasnochadas y alguna que otra estrella que recogí en el firmamento para ti.

Eres el tesoro que todos los hombres aprecian sin condición. Todos ansían disfrutar de tus brazos eternamente, de esos cálidos besos que otorgas con tus rosados labios. Muchos ansían acariciar tus suaves pechos y dormirse sobre ellos, lugar donde las pesadillas se tornan vagos nubarrones, momento en el que la dulzura asalta nuestras sonrisas y las maquilla de ilusión y felicidad. Y yo, ahora recostado en tu ombligo, acariciando los finos pliegues de tu piel dorada y disfrutando de los perfumes de tus instintos y los néctares de tu cuerpo, disfruto el instante como un loco viaja en sus psicosis.

Contigo he aprendido lo que todos los dioses han aprendido en algún pasado remoto. En tu suspiros he visto la melancolía de aquellos que ya no te tienen, la gloria de aquellos que quisieron conquistarte y, en alguna misteriosa ocasión, creo ver en el brillo de tus ojos el eco de una luz lejana que te recuerda que, hubo una vez, unos cuantos que se llevaron un pedacito de ti misma para inmortalizarlo en la marea de los tiempos. Con tus andares he aprendido la fugacidad, he sentido mi copa rebosante y he visto como te has ido para nunca más llenarla. La ambrosía que ofreces con tu presencia es un sutil veneno, el más milagroso y risueño que jamás probaré, y sin duda es la pócima que merece acabarse hasta la última gota.

Amada y anhelada Hebe, contigo llegaron los mejores recuerdos, las mejores sensaciones, las primeras experiencias y los primeros adioses. De tu mano llegaron las lágrimas dolorosas de los pasados primerizos y alguna que otra cana antes de tiempo, fruto de cosas que el titán del Tiempo aplasta sin piedad alguna. Con tu sonrisa llegan las esperanzas de toda una vida, los sueños sin título y sin guión, que esperan renacer una y otra vez hasta verse realizados, para nunca más tener que esconderse bajo la almohada de caras arrugadas y alegrías marchitas. Con tu cuerpo llegaron los excesos de instinto y la permisividad de la salud y la fortaleza, haciendo que el goce sea una bandera esgrimida en nuestras caderas y su búsqueda una brújula que guía nuestros corazones. Con tus andares llegaron las cosas que me hacen pensar que, muy seguramente, la mejor manera de conquistar tu itinerante corazón, sea disfrutar y hacerte sonreír todos los instantes que pases a mi lado.

Hebe, tú que has llenado mi copa, quiero mirarte a los ojos y agarrarte de la cintura con fuerza. Quiero hacerte sentir en mi mirada que soy un hombre al que merece la pena volverle a llenar la copa. Déjame que repose un beso más en tus delicados labios, mi amada Hebe, que de hoy en adelante voy a escribir en las estrellas el Destino que me lleve a beber tu ambrosía...

Mi Hebe, mi juventud, te amo. 

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