dijous, 8 d’agost de 2013

Y llegarán los prados verdes.



Hay días que son duros y los hay a los que les gusta ser duros todos los días. El reloj nos pone a prueba con una exigencia castrense propia de una película de Kubrick con bastante asiduidad, nos recuerda que somos sus pequeños esclavos que debemos amoldarnos a sus pautas cuadriculadas y exigentes... No queda más remedio que acatar las normas de tan caprichoso dueño y esperar su benevolencia en los buenos momentos a ver si el tiempo, por algún caprichoso deseo ignoto, nos concede la lentitud propia de esperas largas y momentos aburridos.

Ante este terrible yugo al que todos nos vemos sometidos nos queda una luz, la luz, no sé si verde, de la esperanza. Esperanza de tiempos mejores, esperanza de instantes agradables, esperanza de unas horas de alegría junto a los nuestros disfrutando de la calma y la paz que nuestro señor reloj muchas veces no nos permite gozar. Vivimos a golpe de silbato entre sueños, trabajos, momentos y descontentos, momentos y sonrisas, alguna vez fingidas y otras sinceras, pero es siempre la esperanza la que nos empuja hacia delante. Una esperanza de que todo ese trabajo merecerá la pena, una esperanza de que todo lo sufrido se premiará con un bienestar cálido y acogedor que nos sumergirá en la felicidad ansiada a base de sudor y alguna que otra lágrima en momentos de desesperación.

Y esa esperanza se vuelve una realidad cuando se vislumbran los lugares de silencio que llegan a nuestros pies cansados después de miles de segundos de ardua travesía. Lugares en los que, sencillamente, mirar un paisaje o perderse en unos ojos paga todas las molestias aguantadas bajo la presión. Ese instante de risa que explota en el momento adecuado en el único momento que tenemos en el día para ella y sirve de panacea para los males que hayan podido minar nuestro cuerpo; ese trocito de almohada compartida que espera tu reposo con unos brazos dispuestos a acunarte de toda tristeza; ese lugar en el que un paseo se vuelve un sendero de calma y buen olvido, olvido del gris del hormigón y del gris de las caras largas.

Si te parece algo ilusorio, créeme, no lo es. Por mucho que nuestro amo, el señor tiempo, nos someta a sus duras condiciones siempre nos quedarán nuestros propios relojes que marquen los segundos y minutos de los sueños que perseguimos. Trabaja duro hoy para demostrar que no temes, que no hay artificio o triquiñuela maléfica que pueda apartar de la comisura de tus labios la sonrisa que hace de este mundo un lugar mejor. Son tiempos difíciles, de ausencias y nostalgias justificadas, pero siempre habrá puertos para los barcos de la paciencia y el esfuerzo, ellos saben que las olas que mecen su cubierta son pasajeras y que volverán a pisar la tierra a las que les conduce el faro con su luz, la luz de la esperanza. Una luz que no sé si es verde, pero que sin duda  te guiará a la tierra de tu pequeño paraíso, con aquellos a los que amas y aquellos a los que tu tiempo les es un hermoso regalo. Llegarán las puestas de sol decoradas con las primeras luces de estrellas madrugadoras, llegarán los abrazos a la luz de la luna que desnuden tu cuerpo de todo dolor. Y llegarán los prados verdes, esos en los que nunca hemos estado y cuya promesa sirve para recordarnos que debemos seguir adelante. Siempre adelante.