dilluns, 16 de desembre de 2013

Mi jardín y mi invierno



El Sol ha muerto y se acerca el día más oscuro de todo el año. El frío corta la piel y paraliza los sentidos. Las hojas secas que aún adornan el suelo de nuestras ciudades se cubren de hielo por las mañanas, dejando tras de sí un paisaje blanquecino que anuncia muerte y descanso. Las personas se apresuran en la calle para no enfermarse con el helor; los niños se resisten a desaprovechar los pocos momentos de tímida claridad de la tarde; los ancianos se recogen los primeros, como si un miedo primordial les abrazara por ser más débiles. Y en el preludio del invierno que se avecina, hago recuento de todo aquello que me llevo a la estación más fría, hago una lista mental de todo aquello que debo dejar en esta oscuridad y preparo las macetitas de todas aquellas plantas que quiero ver crecer.

Empiezo a quitar las malas hierbas con la pala de mi conciencia. Para mi sorpresa, descubro que mi jardín interior es precioso y que lo que hay no lo puede haber hecho un cualquiera. Aún así, veo hermosas plantas rodeadas de hierbajos que se aprovechan de las raíces profundas de éstas para robarles vitalidad; observo como algunos de los árboles más ancianos están repletos de parásitos y gusanos que roen sus hojas; también miro con asombro como hay alguna que otra flor hermosa que nunca planté conscientemente, pero que si me acerco descubro que me encuentro ante una terrible planta venenosa y mortífera, una inteligente trampa de la naturaleza de mi interior.

Es bonito ver que, a pesar de los horrores y errores cometidos, siempre me queda la paz de saber que, aún con sus imperfecciones, mi jardín es sólo mío y que todo lo que hay en él es cosa del Destino y de mi andar por sus delicadas hebras y tejido. Todo aquello que he vivido me ha configurado quien soy, me ha hecho y me ha puesto derecho cuando ha tocado. He visto cosas que muchos imaginarían y otras muchas que algunos no quieren ni pensar. Y a pesar de que algunas de ellas son el lastre de mi alma, he de decir que he aprendido a soltarlas de vez en cuando y a reírme de ellas cuando toca. También me he deshecho de muchas cosas que ya no sirven, así como he aprendido otras muchas que me marcarán para el resto de mis días.

Y una vez quitadas y repasadas las malas hierbas de mi ser, paso a preparar los planteles de mis futuros proyectos. Veo que tengo semillas de todos los colores y para todos los gustos... Con algunas de ellas sé que arriesgo mucho, pues serán macetas que requerirán muchos cuidados, muchos mimos y mucha dedicación. Con otras sé que apenas las plante se volverán troncos en los que poder reposar de vez en cuando a cambio de lealtad y trabajo constante. El único miedo que tengo es el de plantar a destiempo o  plantar algo que no debo... Pero eso ya no importa, las semillas ya están escogidas.

Por último, y una vez hecho todo el trabajo, necesito abrazar, una vez más, una de las cosas más bonitas que jamás ha visto mi jardín. El sauce llorón que acaricia mis sueños y me deja compartir los suyos. Necesito abrazarlo y cobijarme en él estos días, para recordarme que siempre hay luz por oscuro que esté el día, y que siempre hay oscuridad para dormir cuando más la necesitas. Una vez más, dejaré que a sus raíces lleguen mis aguas de esperanzas y ternura, acompañadas de un buen abono de frescura y diversión cuando toque. Dejaré que sea el amor el que pode lo que él me pida y procuraré que no falte nunca de nada: ni agua que lo alimente ni cobijo para que la tormenta no lo derrumbe.

Y ahora, a esperar que llegue el invierno.

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