dilluns, 3 de juny de 2013

Despedidas



Todas las despedidas tienen algo de triste. En todas ellas hay algo que se nos va para quedarse impregnado en el ambiente, perfumando de nostalgia todos los momentos vividos y disfrazándolos de una felicidad postiza. No todos los recuerdos que tenemos son siempre buenos, pero siempre nos quedaremos con lo mejor y olvidaremos el resto.

Hay muchos tipos de despedidas, muchas maneras de decirse "adiós" o "hasta pronto". Las hay que duelen más que otras, las hay que apenas pasan desapercibidas y las hay que nunca podremos borrar de nuestra memoria. Están las despedidas entre amigos, que siempre se suceden con una muestra de la amistad y el cariño en forma de recuerdo y la promesa de siempre estar ahí. Esas son despedidas cálidas, en las que la nostalgia es dulce y la melancolía un chupito rápido de beber. Luego están las despedidas entre familiares, acompañadas de abrazos de unión y quizás alguna lágrima de cariño, que recuerdan que pase lo que pase, la familia siempre estará ahí, de una forma u otra, para recordarnos quienes somos. También están las despedidas de los amantes, siempre crueles y despiadadas. Caricias y besos se funden en los pocos segundos que quedan, en el instante fugaz que se recuerdan que se quieren, que no desean marchar, que el Olvido es un terrible enemigo al que no quieren enfrentarse... Y por último están las despedidas inesperadas, las más dolorosas de todas. Algunas de ellas se hacen con cariño, otras son simplemente rutinarias con un "hasta luego", algunas se acompañan de besos y abrazos y otras ni siquiera se acompañan, uno se va sin decir más. Y en esta despedida el dolor llega cuando sabemos que aquella persona que se despidió de nosotros nunca más la volveremos a ver. Quizás una mala fortuna, quizás una jugarreta de la salud o quizás un acontecimiento inesperado. Sea como sea, un vacío llega ante un adiós que nunca se pudo decir del todo.

De todo este montón de despedidas me gustaría pensar que en nuestras vidas no va a llegar más ninguna de ellas. Que la vida fuese un constante reencuentro sería bonito, pero como muchas cosas bonitas esto es sólo una utopía. En la vida hay que aprender a despedirse, en la vida hay que decir adiós. Si no dejas marchar aquello que de ti se aleja probablemente envenenarás tus días con un tormento de rabia e impotencia, creyendo que no supiste cuidar lo que de ti se aleja. Pero no te preocupes, descubrirás que muchas despedidas no son culpa tuya, hay cosas en esta vida que se tienen que marchar, tienen que irse para abrir paso a cosas nuevas. Cosas que no esperabas y volverán a hacerte sonreír, cosas que no imaginabas y volverán a hacerte soñar.

No temas decir adiós a lo que se fue, pues recuerda en tu espíritu que no todo pasado fue necesariamente mejor, es sencillamente pasado. Habrá cosas magníficas que recordar y otras muchas peores de las que aprender. Así que cuando llegue una despedida, regocíjate en el momento y reposa tu dolor en el instante, dejando que cualquier abrazo, beso o lágrima bañe tu cuerpo para recordarte que sigues vivo. Porque si te despides es que estás vivo, y si estás vivo es que aún tienes mucho que dar.

Así que no llores si se fue. No te lamentes si no volverá. Pues no hay un adiós sin un hola, no hay despedida sin nuevo comienzo. Pues como dice la canción, todo empieza cerca del final. Así que por hoy, y aunque desee que no por mucho tiempo, adiós. Que la vida os sonría más de lo que juntos pudimos sonreír, que no será poco. 

Hasta pronto.

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