diumenge, 5 de maig de 2013

Esto no es ningún secreto y nunca lo será.



Te quiero, mamá. Esto no es ningún secreto y nunca lo será. Tú me llevaste en tu vientre nueve meses para traerme hasta este mundo y empezar a llevarme en tu corazón casi veintitres años. No sé cual de las dos cargas fue más pesada, pero sí sé decirte que estoy deseoso de hacer que ambas merezcan la pena.

Todo empezó como empiezan las grandes historias, con amor. Mis primeros recuerdos que tengo de ti son, si la memoria no me falla, sonriendo. Quizás ese es tu don más valioso, sonreír y ser fuerte aunque las cosas sean difíciles. Eres obstinada y cabezona, cualidad que heredé con orgullo, cosa que te hace tirar del carro aunque se le hayan caído las ruedas y los caballos hayan salido corriendo hace rato. No dejes nunca de sonreír ni de tirar del carro de caballos desbocados que es la vida, que tu tienes gasolina para rato.

No me considero para nada un hijo ejemplar, soy un tío con muchas cualidades y muchísimos defectos que me hacen tanto adorable como el mayor de los cabrones de este planeta cuando toca. De esos nueve meses de embarazo te ha salido un artista, filósofo, pagano, vividor, truhán y caballero, todo eso junto en una mezcla explosiva difícil de no hacer estallar de vez en cuando pero que, sin duda, es una mezcla única gracias a ti.

Si tu no me hubieses enseñado a mirarme los pies de vez en cuando, las piedras del camino habrían sido terribles. Si tu no me hubieses abrazado cuando lloraba, demasiadas angustias oprimirían en vano mi interior. Si tu no hubieses creído y luchado por mi cuando ni yo mismo lo hacía, probablemente no estaría donde estoy disfrutando de los regalos que los dioses nos ofrecen con tanta asiduidad.

Sencillamente, gracias. Gracias por quererme, gracias por hacerme sentir que todo vale la pena, que cada día hay un motivo para levantarse más allá de tristezas y alegrías. Gracias por darme una vida que a veces no comprendo y otras veces no llegaré a entender, pero que sin duda es la bonita incógnita que nos hace buscar nuestra bella respuesta. Gracias por enderezarme cuando me he torcido, que no han sido pocas veces. Gracias por torcerme un poco cuando lo he necesitado, que a veces me obceco y voy demasiado recto. Gracias por ser tú siempre, y no intentar ser otra cosa que no te llega ni a la suela del zapato, vales mucho más que todos aquellos que te han despreciado. Gracias por darme una bonita oportunidad de poder escribir esto, por un corazón que late y unos brazos dispuestos a luchar un día más en esta vida.

Como todos los hijos con sus madres, nos quedan mil rencillas que pasar. Pero si de algo estoy seguro es que también nos quedan millones de sonrisas y alegrías que compartir, así que a por ellos.

Te quiero, mamá. Esto no es ningún secreto y nunca lo será.

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