dijous, 25 d’abril de 2013

Lluvia de primavera



La vida es una espiral de cuyo girar nadie escapa. Si vives, giras. Así de simple, así de verdadero.

Siempre me ha gustado ver como, ante cualquier idea preconcebida, la existencia sabe darte una palmadita en la espalda y demostrarte que aún puede ser todo diferente, que el cambio siempre está ahí. Lo eterno se vuelve desechable, lo efímero perdura y los tormentos y tormentas pasan, dejando atrás lluvias de lágrimas y gotas de agua que riegan los campos, los de la esperanza y los verdes de esta primavera. Una sutil danza purpúrea e intocable, pero siempre presente. Siempre danzante.

Y es ante esa capacidad de la vida de hacernos ver que en el cambio está el crecer, el progresar, el volar de los pájaros de nuestra cabeza y de las enredaderas de nuestro corazones, que inevitablemente me siento desnudo. Desnudo al ver que instantes que parecían llegar forzados se vuelven dulces como el más terrible de los chocolates. Desnudo al ver que quizás lo que parecía que más anhelabas es tan sólo un espejo en el que ves reflejado las miserias de tus deseos. Unos deseos que vienen y van, siempre pasajeros, pero siempre fluidos y constantes.

Si algo tengo claro es que son los deseos los que nos permiten avanzar. Fue un deseo lo que me acercó a lo que ahora me atormenta, así como fue un deseo lo que me permitió abrazar lo que ahora me parece un dulce presente del caprichoso calendario. Y desearía poder desear menos, pero deseo y el deseo me hace frágil a los cambios que no están en sintonía con mis acordes, los que toco en la soledad de mis pensamientos. Unos pensamientos sin brújula ni norte claro, sólo una aguja que apunta a lo que impera en el momento: una vida a la que me aferro como un niño a su juguete nuevo.

Que droga dura es la vida, con sus cambios y deseos, con sus idas y venidas. Desde bien pequeño que me se un vicioso, pues me aferro a todo aquello que me da placer y paz haciéndome adicto con bastante facilidad. Supongo que ahí reside uno de mis grandes errores y que la edad me ha dejado entrever al machacar unas cuantas veces mi corazón: hacerse adicto a cosas que no son sanas por muy felices que puedan hacerte en el momento. Sabes que a la larga el cigarrillo de la pasión pasará factura a los pulmones de tus sueños, pero aún así sigues fumando, calada tras calada, rezando que ese aire que te eleva a los cielos no pare nunca de hacerlo. Pero como con toda droga el subidón baja y acarrea unas consecuencias más o menos molestas, pero siempre dañinas.

Pero a pesar de todo y lo adicto que soy a la vida, no me canso de sonreír y volver a encender el cigarro de mis días para darle una calada más. Esta vez será profunda y serena, sincera y sin máscaras que no me permiten disfrutar de todo el olor que mi alrededor me ofrece. Ya sea el olor de tu pelo, el olor de las flores o el olor de esta lluvia de primavera.

El fuego lo pones tú. 

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