dilluns, 25 de març de 2013

Perdido en la nada de tus maravillas


El mundo pasea ante mis ojos como si de un espejismo se tratara. Mis sentidos se hayan atentos pero ausentes, mis pensamientos flotan en una nube de la que cuesta bajar. Y en esa nube, en la que nada pesa pero todo duele, estás tú.

Vivo en un sin vivir, agónico por el silencio que mi alma ha provocado ante el dolor, mudo por las puñaladas que me ha dado el vivir. Nada digo y poco sentencio, sencillamente me limito a ver pasar todo aquello que sé que está ante mis ojos pero a lo que apenas le encuentro gusto o belleza... El mundo es un cúmulo de fotogramos blancos y grises que cuentan una historia que ya había oído hace tiempo, probablemente de boca de algún loco que me avisó, de algún fuego que me invitó a jugar con él para quemarme. Y, obviamente, me he quemado.

Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez: no entender la situación y verse abocado a tener que vivirla sin más remedio y consuelo que saber que la cosa continúa. El problema está en que no sabes en qué dirección, no sabes qué sentido, no sabes donde está lo que eras antes y creías ser ahora. Todo es negro y confuso, un manto invisible que cuesta atravesar, una nube de sueños incompletos y deseos reprimidos... Y en esta cascada de sensaciones me encuentro yo: sin poder ir hacia atrás porque sólo hay un río que me arrastra hacia la caída y con miedo a lanzarme porque no veo donde caeré.

Y entre todo este mar estás tú. Tú eres el fuego que me quemó; la cerilla en mi bidón repleto de sensaciones inflamables; un duende que tiene ganas de jugar a un juego que no comprendo y sus reglas ponemos entre los dos. Me muero por tenerte, por saber que en cada abrazo estoy más cerca de lo que sin querer te he entregado y no me puedes devolver... Y siento una tristeza onírica cada vez que pienso en todo lo que no pasa, todo lo que anhelo con cada suspiro y cada caricia que te regalo. No sé si mereces esas caricias, si mereces esos abrazos, pero sólo sé que te los debo a ti, porque me has robado y te he dañado, porque me has atacado y no me he defendido. Porque nos hemos batido en duelo y nos sabemos heridos de gravedad.

No creas que voy a renunciar al corazón que me robaste o te entregué, no creas que he renunciado a volver a ser el que fui. Pero si la renuncia significa estar contigo en ese mar de paz y sueños, saber que tenemos un horizonte por delante y un millón de maravillas por detrás, lo haré.

Porque eres todo lo que quiero, una primavera que ha dado brillo y color a un extraño invierno... 

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