dimarts, 19 de març de 2013

Gracias por tu gran corazón, papá.



Un padre es aquel que te cría, aquel que te enseña las cosas que merecen en esta vida la pena, el que te da la mano para enseñarte un camino y te deja andar por él sabiéndote responsable. Todos tenemos un padre y una madre, y yo estoy tremendamente orgulloso de ambos, pero hoy, esto va por ti, papá.

Estimado padre, ambos sabemos que eres un hombre con multitud de defectos, como todos. Eres una persona despistada, caótica, que le cuesta saber callar en algunos momentos y que siempre tiene comentarios oportunos para ocasiones desafortunadas. He de decir que todos esos defectos los he heredado y los paseo con orgullo por la vida, pero eso es otro tema... Si resalto lo negativo es por algo sencillo: te hace único y especial. Sin esa forma de ser no serías mi padre, serías otra persona, un extraño que está ahí con una cantidad de virtudes que sin duda alguna merece la pena reconocer.

No son pocas tus virtudes, pero sin duda alguna la que más destaco es la de seguir siendo un niño. Con nada más y nada menos que medio siglo de vida sigues siendo un niño que sabe ilusionarse y sabe ilusionar, y eso vale oro. Tienes un corazón joven y un espíritu curioso, sabes sonreír ante la adversidad y das amor incondicional, y por lo tanto amor del bueno, a los que te rodean sin pedir nada a cambio. Tienes un alma noble, que a pesar de que tu crees que anda perdida a veces, sabe muy bien que es lo que quiere y lo que debe cuidar. Sin duda alguna sin tu bondad y sin tu sonrisa que nos saca a todos de quicio en algún momento, esta casa no sería lo mismo.

Otra cosa que puedo destacar de ti es tu sentido del humor. Sabes reírte de lo nefasto y sonreírle al mal tiempo, no temes reir aunque la ocasión no lo merezca, pues sabes que en esa risa está el escudo ante todo lo malo de esta vida, que no es poco. Tienes además una inmensa capacidad para demostrar que estás ahí, siempre, pase lo que pase, para hacernos sonreír y reír cuando lo necesitamos, que no son pocas veces...

Y si algo me alegra haber heredado de ti es tu inmenso romanticismo por la vida y el amor. Dudo mucho que haya padres que sigan tan enamorados de la mujer con la que duermen. Gracias por todos los besos, detalles y momentos felices que haces pasar a la mujer que me trajo al mundo, me han enseñado que el amor no es sólo un salto al vacío del que luego tienes que recuperarte, es una escalada a una montaña que se hace poco a poco para disfrutar de la brisa que te regala el viento y las maravillosas vistas que hay desde las alturas. Y el amor que tu das lleva muy alto, seguro, porque amores como el tuyo quedan pocos, estoy seguro.

No te hace falta que seas filósofo, matemático, físico cuántico o cualquier otra genialidad de las que te encante para hacer todo lo que haces, pero hace falta, sin duda alguna, un gran corazón y un espíritu fuerte que me ha enseñado algo que nunca olvidaré: si algo merece la pena, lucha por ello.

Por todo lo que me has dado estos casi 23 años y por todo lo que te mereces, te dedico esto. Porque no me avergüenzo de mi padre en ningún momento, sino todo lo contrario. Tengo un padre que vale un millón de galaxias con sus millones de estrellas, estrellas con las que sueña muy a menudo, estrellas con las que siempre estarán estas palabras:

Te quiero, papá.

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